13 de Mayo con los Heraldos del Evangelio en El Salvador

13_de_mayo_2015_021En la Parroquia Corazón de María, de los Padres Claretianos, se celebraba, el pasado 13 de mayo, la Fiesta de Nuestra Señora de Fátima, organizada por los Heraldos del Evangelio, ante un gran número de fervorosos fieles.

Pasadas las 5 de la tarde, hacía su entrada solemne la imagen del Inmaculado Corazón de María, coronada por San Juan Pablo II, al son de las trompetas, que anunciaban melodiosamente la relevancia del evento.

La Santa Misa fue celebrada por el Nuncio Apostólico en El Salvador, Mons. León Kalenga  Badikebele  y concelebrada por  el párroco de Corazón de María, P. Sentre CM., el P. Fernando Gioia, el Padre Michael Carlson y el Padre Víctor Castillo, de los Heraldos del Evangelio.

Después de la homilía, la imagen del Inmaculado Corazón de María, fue solemnemente coronada por el Sr. Nuncio, tras la cual los fieles irrumpieron en un caluroso aplauso.

Momentos de mucha emoción, sin duda, de tan bella ceremonia dedicada a la Virgen Santísima, fue la procesión con la imagen que recorrió los pasillos de una abarrotada iglesia a la luz de cientos y cientos de velas al ritmo cadencioso del “Ave, Ave, Ave María”.

A dos años del centenario de las apariciones de la Virgen en una pequeña aldea de Portugal, todavía se escuchan las palabras llenas de esperanzas dichas por ella: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”.

LO INÉDITO SOBRE LOS EVANGELIOS – VOLUMEN III

Volumen III: Ciclo B, Correspondiente al año litúrgico 2015 – Domingos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua- Solemnidades del Señor en el Tiempo Ordinario – Disponible en eBook- 450 paginas- ¡Déscárgelo ahora mismo!

Lo inédito sobre los Evangelios de autoría de Mons. João Clá Dias, es una colección que le permitirá acompañar a Nuestro Señor Jesucristo a lo largo de todos los domingos del Año Litúrgico junto al fundador de los Heraldos del Evangelio.

La colección “Lo inédito sobre los Evangelios” ofrece al lector un auténtico tesoro: los comentarios de Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, a los Evangelios de todos los domingos y solemnidades del ciclo litúrgico. Se trata de una publicación Internacional conjunta de la Librería Editrice Vaticana y los Heraldos del Evangelio.

Mons. João S. Clá Dias, EP, es Canónigo Honorario de la Basílica Pontificia Santa María la Mayor en Roma, y fundador de la Asociación Internacional Privada de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio, de la Sociedad Clerical de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli y de la Sociedad Femenina de Vida Apostólica Regina Virginum. Actualmente es el Superior General de Virgo Flos Carmeli y de los Heraldos del Evangelio.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, natural de San Pablo, Brasil, nació el 15 de agosto de 1939, solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora. Sus padres, Antonio Clá Dias y Annitta Scognamiglo Clá Dias, constituían una familia de inmigrantes europeos (el padre era español, originario de Cádiz y la madre italiana es natural de Roma) en la cual la fe católica heredada de sus mayores era todavía muy viva.

Ese vigor de la fe se manifestó desde temprano en el joven João, quien desde los bancos escolares procuraba organizar con sus colegas un movimiento para dar a los jóvenes una orientación virtuosa a su existencia. Hizo parte activa de las Congregaciones Marianas e ingresó el 23 de mayo de 1956 en la Orden Tercera del Carmen de los Padres Carmelitas de la antigua observancia, en la misma ciudad de San Pablo, hecho que marcó su vida.

Hizo sus estudios secundarios en el Colegio Estatal Roosevelt y de Derecho en la tradicional Facultad del Largo de São Francisco de San Pablo. Durante el tiempo de sus estudios superiores se destacó como activo líder universitario católico en los convulsionados años que precedieron a la revolución de la Sorbonne en mayo de 1968.

Viendo que la música sería un eficaz medio de evangelización, perfeccionó sus conocimientos con el reconocido maestro Miguel Arqueróns, regente de la Coral Paulistana del Teatro Municipal de San Pablo.

Su intenso deseo de dedicar la vida al apostolado en la fidelidad al Magisterio de la Cátedra de San Pedro, sumado a la viva conciencia de la necesidad de un profundo conocimiento doctrinal, lo llevó a realizar estudios teológicos tomistas con grandes catedráticos de Salamanca (España) como el P. Arturo Alonso O.P., el P. Marcelino Cabreros de Anta C.M.F., el P. Victorino Rodríguez y Rodríguez O.P., el P. Esteban Gómez O.P., el P. Antonio Royo Marín O.P., el P. Teófilo Urdánoz O.P. y el P. Armando Bandera O.P. Como demostración de profundo agradecimiento con sus maestros, divulgó años después las biografías de varios de ellos con ediciones en España y los Estados Unidos:

“Antonio Royo Marín, maestro de espiritualidad, brillante predicador y famoso escritor”, “P. Cabreros de Anta CMF, firme pilar del Derecho Canónico en nuestro siglo”. Se formó en Filosofía y en Teología en el Centro Universitario Ítalo-Brasilero, de São Paulo; es licenciado en Humanidades por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de República Dominicana, doctor en Derecho Canónico por la Pontifica Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum) y doctor en Teología por la Universidad Pontifica Bolivariana, de Medellín, en Colombia.

Su anhelo de perfección lo condujo en 1970 a iniciar una experiencia de vida comunitaria en un antiguo inmueble benedictino de San Pablo. De sus primeros compañeros ninguno perseveró. Sin embargo, tras numerosas dificultades, aquella experiencia adquirió solidez, dando origen al movimiento de evangelización dirigido por Mons. João Clá. Se multiplicaron, a partir del foco originario, casas de vida comunitaria donde sus miembros se dedicaban a la oración y al estudio, como preparación para la acción evangelizadora.

Jurídicamente tomó la forma de una Asociación Privada de Fieles, Heraldos del Evangelio en la diócesis de Campo Limpo (Brasil). Y como consecuencia de su instalación en otros 20 países fue reconocida por el Pontificio Consejo de Laicos el 22 de febrero de 2001 como una Asociación Internacional de Derecho Pontificio, que hoy extiende sus actividades a cerca de 70 países en los cinco continentes. Mons. João Clá Dias es el fundador y actual Presidente General del los Heraldos del Evangelio.

Organizó también la rama femenina de los Heraldos, a la cual aplicó -de manera semejante pero separada de la rama masculina- el ideal de vida comunitaria como medio para alcanzar la santidad y preparase mejor para la misión evangelizadora. De esta rama femenina de los Heraldos, nació más tarde la Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Pontificio Regina Virginum, reconocida como Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Pontificio el 4 de Abril de 2009 por S. S. Benedicto XVI.

El deseo de una mayor entrega al Señor y a los hermanos, llevó a Mons. João Clá a prepararse para el ministerio sacerdotal junto con algunos de sus compañeros.

Siendo la Orden del Carmen uno de los remotos orígenes de los Heraldos del Evangelio, Mons. Lucio Angelo Renna, prelado carmelitano Obispo de Avezzano (Italia), fue en su momento quien acogió los primeros sacerdotes de esta Asociación.

Fueron ordenados presbíteros junto con Mons. João Clá el 15 de junio de 2005 en la Basílica del Carmen en San Pablo, donde 50 años atrás éste comenzara sus actividades al servicio de la Iglesia y de sus hermanos. La ceremonia de ordenación fue honrada con la presencia del Cardenal Claudio Hummes, siete obispos y setenta sacerdotes que concelebraron.

Mons. João Clá constituyó con estos primeros sacerdotes de los Heraldos del Evangelio la Sociedad Clerical de Vida Apostólica de Derecho Pontificio Virgo Flos Carmeli, aprobada el 4 de Abril de 2009 por S. S. Benedicto XVI. Actualmente Mons. João Clá es su Superior General.

Ha escrito también obras de gran divulgación (algunas llegando a sobrepasar el millón de ejemplares) publicadas en portugués, español, inglés, italiano, francés, polaco y albanés: “Fátima, aurora del tercer milenio”, “Fátima, Por fin mi Inmaculado Corazón Triunfará”, “El Rosario, la oración de la paz”, “Sagrado Corazón de Jesús, tesoro de bondad y amor”, “Medalla Milagrosa, historia y celestial promesa”, “Viacrucis”, “Jacinta y Francisco, predilectos de María”, “Oraciones para el día-día”, “Madre del Buen Consejo”, “Doña Lucilia” y “Comentarios al Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción ”. La tesis doctoral en Derecho Canónico se titula “Génesis y desarrollo del Movimiento Heraldos del Evangelio y su reconocimiento canónico”, y la de Teología, “El don de sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira”.

Es fundador y columnista habitual de la revista Heraldos del Evangelio que se publica en portugués, español, italiano e inglés con un tiraje de algo más de 800.000 ejemplares y en la cual mantiene desde el 2002 su sección “Comentarios al Evangelio”. Mons. João Clá también estimuló y apoyó la publicación de la revista académica “Lumen Veritatis” de la Facultad de los Heraldos del Evangelio que salió a luz en octubre de 2007 y de la cual es igualmente columnista habitual.

Para la formación intelectual y doctrinal de los Heraldos del Evangelio Mons. João Clá fundó el Instituto Filosófico Aristotélico-Tomista (IFAT) y el Instituto Teológico Santo Tomás de Aquino, para la rama masculina, y el Instituto Filosófico-Teológico Santa Escolástica para la rama femenina. Para estimular el surgimiento de vocaciones entre los jóvenes promovió la apertura de escuelas secundarias siendo la primera el Colegio Heraldos del Evangelio Internacional, en el Gran San Pablo.

Para auxiliar obras de apostolado en necesidad Mons. João Clá creó dentro de la estructura de los Heraldos del Evangelio en Brasil el Fondo de Asistencia “Misericordia” que recolecta donaciones directas.

La construcción de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en el Seminario de los Heraldos del Evangelio, en Caieiras, Gran San Pablo, Brasil, ha sido hasta ahora su más reciente realización, y gracias a su iniciativa fue casi concluida la construcción del Monasterio del Monte Carmelo, Casa Madre de la Sociedad Femenina Regina Virginum.

Mons. João Clá es actualmente miembro de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, de la Academia Mariana de Aparecida y de la Pontificia Academia de la Inmaculada Concepción. Fue condecorado por su actividad científica y cultural con la Medalla de Ciencias de México y distinguido con título Honoris Causa por el Centro Cultural Universitario Italo-Brasilero de San Pablo.

El 15 de Agosto de 2009 el Santo Padre Benedicto XVI, como un reconocimiento a Mons. João Clá por la obra desempeñada a favor de la  Iglesia, entregó -por manos del Cardenal Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y  Sociedades de Vida Apostólica- la medalla “Pro Ecclesia et Pontifice”, una de las honras más altas concedidas por el Santo Padre a aquellos que se distinguen por su actuación en favor de la Iglesia y del Papa. Mons. João Clá es Canónigo Honorario de la Basílica Pontificia Santa María la Mayor en Roma, y Protonotario Apostólico.

14º aniversario de la Aprobación Pontificia de los Heraldos del Evangelio

El 22 de febrero es para toda la gran familia de los Heraldos del Evangelio un día muy especial, pues es la fiesta de La Cátedra de San Pedro y se cumple el 14º aniversario de su aprobación Pontificia.

Hace catorce años…

En febrero de 2001 San Juan Pablo II erigía canónicamente a los Heraldos del Evangelio como asociación privada de fieles de derecho pontificio. Era el punto de partida de una pródiga en actividad misionera.

Roma, febrero de 2001. Más de mil heraldos se reunían en la Ciudad Eterna para participar de la anhelada aprobación como asociación de derecho pontificio.

Los momentos culminantes de aquellos históricos días fueron la sencilla ceremonia de entrega del documento de erección, realizada en la sede del Pontificio Consejo para los Laicos, el mismo día 22; la Celebración Eucarística presidida por el Cardenal Jorge María Mejía en la Basílica de San Pedro, el día 27, y el saludo concedido por el Papa Juan Pablo II a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, en la Audiencia General del día 28.

“El brazo del Papa”

En el mensaje que el Papa dirigió a los Heraldos en esa ocasión, les instaba a que fueran “mensajeros del Evangelio por intercesión del Corazón Inmaculado de María”.

Y el Cardenal Mejía, en la homilía de la Misa solemne en el Altar de la Cátedra, recordando que la erección canónica le daba a la asociación “una relación especial” con la Santa Sede, aseveró: “Lo que ustedes han querido hacer, lo que está expresado en los estatutos de ustedes y las tradiciones de ustedes, eso recibe ahora desde aquí una bendición especial. Así, vuestra asociación es incluida en el gran número de instituciones de religiosos o religiosas, pero también de asociaciones laicas que el Papa, por sus órganos especiales —en este caso el Consejo de Laicos— aprueba y envía” .Así, los Heraldos del Evangelio pasaban a ser, en palabras del Cardenal, “el brazo del Papa”, y su misión evangelizadora se transformaba en un mandato pontificio.

Para saber más sobre la fiesta de la Cátedra de San Pedro: haga clik Aquí.

Miércoles de Ceniza: Acuérdate que eres polvo…

El inicio de la Cuaresma está marcado por un ritual sencillo, aunque de gran profundidad: la imposición de la ceniza como signo de la verdadera penitencia del corazón.

Como ya hemos considerado en anteriores ocasiones, la riquísima liturgia de la Iglesia nos guía sabiamente a lo largo del año, para que obtengamos en cada momento un provecho espiritual determinado. Y uno de los períodos en que esto ocurre con más intensidad es en la Cuaresma, “tiempo favorable” para la conversión (cf. 2 Co 6, 2).

Durante seis semanas, la gracia nos invita a un sincero cambio de corazón. El ayuno, la oración y la limosna son signos sensibles de la penitencia con los que nos preparamos para celebrar el acontecimiento central de la historia de la Salvación: la Resurrección del Señor, celebrada el Domingo de Pascua.

Un rito único y emocionante

Las lecturas de la Misa de ese día han sido escogidas por la Iglesia para preparar a los fieles en la perspectiva del tiempo que comienza. La profecía de Joel convoca al pueblo de Israel a la penitencia como medio de atraer la misericordia del Señor (Jl 2, 12-18). Después de los versículos del Miserere , salmo penitencial por excelencia (Sal 50), el Apóstol nos invita a la reconciliación con Dios (2 Co 5, 20; 6, 2). Finalmente, en el Evangelio, el Señor nos enseña el verdadero sentido de la oración, del ayuno y de la limosna (Mt 6, 1-6.16-18) que durante este período realizaremos.

Tras la Liturgia de la Palabra, los fieles participan en un rito único y emocionante. El sacerdote bendice la ceniza y cada uno de los presentes se acerca para recibirla en forma de cruz en la cabeza, permaneciendo el resto del día con la marca de Cristo trazada sobre su frente. ¿Cuál es el origen y sentido de esta ceremonia? Lo veremos a continuación.

La ceniza como signo de penitencia

Elocuente imagen de la fragilidad humana y de la futilidad de los bienes de este mundo, la ceniza ha sido desde los tiempos más antiguos un signo de luto y de dolor, incluso fuera del ámbito del Pueblo Elegido. Para éste, simbolizaba la penitencia o la humillación del hombre ante Dios. Las páginas de la Historia Sagrada están llenas de episodios donde los hebreos se sirven de la ceniza, antes de pedir el auxilio de la omnipotencia divina, para reconocer la nada de la naturaleza humana frente a los designios del Altísimo.

Así, por ejemplo, cuando el impío Amán se disponía a eliminar a los israelitas del imperio persa, Mardoqueo se cubrió de ceniza (cf. Est 4, 1), mientras muchos de ellos “se acostaron sobre saco y ceniza” (Est 4, 3). Y, convencida por su tío de la necesidad de presentarse ante el rey Asuero para implorarle la revocación del decreto, Ester pasó tres días en ayuno y oración y “echó sobre su cabeza ceniza” (Est 14, 2) a fin de pedir el auxilio de Dios antes de encontrarse con el tirano.

Casos similares se encuentran en abundancia en las páginas del Antiguo Testamento. Daniel suplica a Dios clemencia para Israel en el destierro, “con ayuno, saco y ceniza” (Dn 9, 3); Job se retracta y se arrepiente “echado en el polvo y la ceniza” (Jb 42, 6); el rey de Nínive, un pagano, sensibilizado con la predicación del profeta Jonás que anunciaba la destrucción de la ciudad, “se sentó sobre cenizas” (Jon 3, 6) e hizo penitencia junto con todos sus súbditos, obteniendo de Dios la abolición de la pena decretada contra ellos. Y así otros muchos.

En el Nuevo Testamento, el mismo Jesucristo es quien indica el valor de la ceniza como elemento penitencial cuando increpa a Corozaín y Betsaida diciendo que “si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza” (Mt 11, 21).

Desde los primeros tiempos del cristianismo

Desde los primeros tiempos de la Era de la Gracia los cristianos adoptaron esa forma de manifestar la contrición y el dolor, como lo demuestran numerosos documentos (1). Y con el tiempo el uso de la ceniza fue incorporado al rito penitencial público mediante el cual era administrado, al comienzo de la Cuaresma, el sacramento de la Reconciliación.

Consta que en Roma, por ejemplo, ese rito se celebraba, ya en el siglo VII, el miércoles anterior al primer domingo de Cuaresma. En los casos de faltas graves y públicas, el confesor envolvía al penitente con un vestido ordinario de saco, que cubría de ceniza, para después expulsarlo del templo con estas palabras: “Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris: age pænitentiam ut habeas vitam æternam — Acuérdate, hombre, de que eres polvo y al polvo volverás; haz penitencia para que tengas vida eterna”.

Poco después, el pecador salía hacia sitios alejados, monasterios fuera de la ciudad o, en ciertos casos, su propia casa, donde debía hacer penitencia durante toda la Cuaresma, y sólo sería readmitido en la comunidad el Jueves Santo (2).

Con el paso del tiempo fue creciendo el número de fieles que se asociaban a esos ritos de penitencia de forma espontánea, deseando, movidos por la devoción, recibir las mismas cenizas con que eran cubiertos los pecadores arrepentidos. Y cuando la progresiva suavización de las formas de penitencia pública y la evolución del sacramento de la Reconciliación hasta su forma actual hizo desaparecer esa severa ceremonia disciplinar, el rito de la ceniza, sumado al ayuno más riguroso de ese día, se mantuvieron como manifestación penitencial del inicio de la Cuaresma.

De manera que en el siglo XI la imposición de la ceniza, antiguamente reservada a los pecadores públicos, se volvió obligatoria para laicos y clérigos (3).

La imposición de la ceniza, hoy

La reforma litúrgica conciliar introdujo la ceremonia de imposición de la ceniza en el seno de la Celebración Eucarística de ese día, aunque en caso de necesidad se pueda administrar fuera de la Misa, durante una Liturgia de la Palabra.

Según una costumbre iniciada en el siglo XII (4), la ceniza impuesta a los fieles en ese día es obtenida por la combustión de los ramos de olivo bendecidos en el Domingo de Ramos del año precedente. Esto resalta aún más la futilidad de las glorias de este mundo, volátiles como la ceniza que el viento lleva y efímeras como las alabanzas dadas al Salvador al entrar en Jerusalén, que después se transformaron en gritos de condenación.

Cuando nos acercamos al sacerdote para recibir la ceniza, éste traza sobre nuestra frente de forma visible el signo de la Redención, pues no debemos ocultar ante el mundo nuestra fe cristiana, ni debemos sentir vergüenza de reconocer nuestra necesidad de conversión. Y, mientras el ministro de Dios la impone, dice una de estas dos frases bíblicas: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3, 19), o bien, “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

La primera recuerda la caducidad de nuestra naturaleza humana, tan bien simbolizada por el polvo y la ceniza, fin implacable de nuestros cuerpos mortales. Con ella, la Liturgia eleva nuestras miras hacia la eternidad, fortaleciéndonos en la “convicción de que nada en este mundo tiene valor, a no ser que se refiera a la vida sobrenatural, y de que estamos aquí para atesorar valores eternos, y no los que son comidos por la tierra” (5).

La segunda realza la apremiante necesidad de la verdadera conversión, advertencia que nos será repetida muchas veces a lo largo del período cuaresmal.

Un sacramental de gran valor

La ceremonia de bendición e imposición de la ceniza no debe ser vista sólo como una bonita manifestación de fe que echa sus raíces en antiguos tiempos. Más allá de su valor simbólico e histórico, es un sacramental mediante el cual la Santa Iglesia intercede ante su divino Esposo por los fieles que se acogen a esa ceremonia e implora para ellos gracias de penitencia y conversión.

Así, cuando al imponer la ceniza el sacerdote le pide que Dios derrame su bendición sobre los que van a recibirla de modo que “fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual” (6) —o para que el Señor conceda “por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados para poder alcanzar la vida nueva”— (7), debemos tener la certeza de que al recibir en nuestra frente la ceniza hecha sagrada, Dios fortalecerá con su gracia los buenos propósitos para este período de penitencia.

Con la ceniza, símbolo de la muerte, a lo largo del camino cuaresmal, moriremos al pecado con Cristo y, limpios de nuestras faltas, resucitaremos con Él, fortalecidos para la vida nueva de la gracia, tan bien simbolizada por las aguas regeneradoras con las que seremos rociados en la Vigilia Pascual.

Aprovechemos este poderoso auxilio que Dios pone a nuestro alcance y no tengamos miedo de hacer propósitos osados que nos lleven a un efectivo cambio de vida. ¡Cómo deberíamos sentirnos estimulados, ante esta convicción, a hacer un cuidadoso examen de conciencia con miras a una buena confesión! Estando la Santa Iglesia rezando por nosotros, no nos faltará el auxilio necesario para llegar al glorioso día de la Resurrección del Señor con un alma enteramente limpia y renovada.

P. Ignacio Montojo, EP.

1 Cf. LECLERCQ, Henri. Cendres. In: CABROL, Fernand; LECLERCQ, Henri (Org.). Dictionnaire d’arquéologie chrétienne et de liturgie . París: Letouzey et Ané, 1925, t. II, 2, col. 3039-40.
2 Cf. GARRIDO BOÑANO, OSB, Manuel. Curso de Liturgia Romana. Madrid: BAC, 1961, p. 460; COELHO, OSB, Antonio. Curso de Liturgia Romana. Braga: Pax, 1941, v. I, p. 84.
3 Cf. ABAD IBÁÑEZ, José Antonio. La celebración del misterio cristiano. 2.ª ed. Pamplona: EUNSA, 2000, p. 543; ABAD IBÁÑEZ, José Antonio, GARRIDO BOÑANO, OSB, Manuel. Iniciación a la liturgia de la Iglesia. 2.ª ed. Palabra: Madrid, 1997, p. 702; GARRIDO BOÑANO, op. cit., p. 460; COELHO, op. cit., p. 84.
4 Cf. ABAD IBÁÑEZ, op. cit., p. 543.
5 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Conferencia . São Paulo, 13/2/2002.
6 MIÉRCOLES DE CENIZA. Bendición e imposición de la ceniza. In: MISAL ROMANO. Texto unificado en lengua española. Edición típica aprobada por la Conferencia Episcopal Española y confirmada por la Congregación para el Culto Divino. 17.ª ed. San Adrián del Besós (Barcelona): Coeditares Litúrgicos, 2001, p. 185.
7 Cf. Ídem, p. 186.

María, Madre Nuestra

Algunos no explican con toda la clareza el porqué Nuestra Señora es nuestra Madre

Llegan a decir que Nuestro Señor Jesucristo nos la entregó como Madre durante la crucifixión en la persona de Dan Juan Evangelista: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27).”. Cristo en aquel momento no hizo más que promulgar solemnemente ante la luz del mundo, que María era nuestra Madre. Pero no fue en aquel momento que Nuestra Señor se volvió nuestra Madre.

                El hecho de que María sea nuestra Madre es por la razón de que es Madre de Cristo, Cabeza  del Cuerpo Místico de Cristo. Nosotros somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. ¿Dónde se vio en la historia de la humanidad, que una madre pueda ser madre de la cabeza, de su hijo, pero no de sus miembros?  Esto no pude ser. Si ella es Madre de la Cabeza, tiene que ser Madre de los miembros también. Mas, como esta Cabeza es física, y los miembros son de orden espiritual -son los miembros espirituales de Cristo- es Madre física de la Cabeza y Madre espiritual. Por el hecho de ser Madre física de la Cabeza es nuestra Madre.  Y con el mismísimo derecho. De la misma forma con que Cristo puede decir a  María Santísima: “Mi Madre” por ese mismo derecho, en el orden espiritual, en el orden místico podemos decir nosotros: “Mi Madre”. Precisamente porque es la Madre de Cristo y es nuestra también. Y Cristo en la Cruz no hizo más que proclamar solemnemente esta gran verdad. Sin embargo esto ya era así desde  el primer instante en que Ella concibió a Nuestro Señor. En este momento María Santísima nos concibió como Madre espiritual. La razón profunda, teológica del hecho de su maternidad divina trae como consecuencia nuestra maternidad.

                Si María no fuese Madre de Cristo sería nuestra Madre de una manera extrínseca, solamente porque habría sido como que anotado en un registro civil. Pero intrínsecamente es nuestra Madre porque es madre de la cabeza y nosotros somos miembros intrínsecamente unidos a Cristo. Cristo es él y nosotros. El Cristo total está formado por Cristo Cabeza y nosotros los miembros: el Cuerpo Místico. Es esta la razón que torna a la Santísima Virgen Madre de la Iglesia.

El Niño del Tambor

Hace más de dos mil años, en los inmensos y lejanos arenales de Arabia, donde las montañas no tienen nombre, pues el viento las hace y deshace con su fuerza mutable y dominadora, vivía un niño muy pobre, huérfano de madre desde muy pequeño. Su padre era el guardián de un oasis que estaba algo apartado de las rutas más transitadas, pero conocido por los viajantes por su abundante y cristalina agua.

En varias ocasiones el celoso padre había pensado aliviar la soledad de su hijo regalándole un juguete. Aunque nunca tuvo el valor de preguntarle el precio a ninguno de los mercaderes que por allí pasaban, porque seguramente sería mayor de lo que podría pagar con las pocas monedas que poseía.

¿No habrá abrigo en tu casa para una caravana que llega fatigada
de una larga jornada?

Entonces decidió fabricarle a su hijo un sencillo tambor. Cogió un viejo barrilito, le quitó las tapaderas, lo barnizó con aceite de palma y extendió cuidadosamente sobre sus extremos dos pieles de cabra, fuertemente estiradas con tendones de carnero.

La preparación del instrumento le costó semanas de trabajo. Tuvo que rehacerlo varias veces, hasta que quedó bien. Pero el esfuerzo mereció la pena: el niño recibió el tamborcito con esa capacidad de alma que tienen los inocentes de contentarse con un único regalo, ¡que vale más que recibir mil otros! Lo tocaba constantemente, acompañándose de canciones que él mismo componía, ¡y qué bonitas eran!

Tan hermosas que en todo el desierto, desde el mar hasta los montes, era conocido como el “tamborilero”.

En una fría noche de invierno, la monótona rutina de aquellos lugares fue rota por un fenómeno sorprendente: en el cielo apareció, en el oriente, una estrella que brillaba más que todas las otras y parecía que se movía lentamente en dirección hacia occidente. Era tan luminosa que permanecía visible día y noche, acercándose a ellos cada vez más.

Ante tan extraordinario prodigio, el padre llegó a sentir temor, pero su hijo lo tranquilizó enseguida: aquel astro era demasiado bello para que fuera un mal presagio. Más bien parecía anunciar lo contrario, un acontecimiento grandioso y feliz.

Días después, cuando la estrella se encontraba más próxima, el niño divisó en el horizonte una larga hilera de hombres y cabalgaduras. No se trataba de una caravana común. El número de bestias de carga era incontable.

¡Transportaban magníficos fardos! E incluso el menor de los siervos que allí estaba, vestía y se comportaba con la dignidad de un hidalgo.

Al final de la extensa cabalgata, sentados encima de robustos dromedarios, venían tres nobles señores, vestidos con coloridos trajes y turbantes de seda. Uno de ellos era un anciano de larga barba, el otro un hombre maduro de ojos vivaces y rubios cabellos y el tercero un vigoroso árabe de piel oscura.

Se diría que los tres eran reyes.

El rostro del Niño Jesús se iluminó con una bella sonrisa, agradado con la candidez de esa alma inocente

El niño salió corriendo a coger su tambor, empezó a tocarlo y se puso a cantar en honor de aquellos admirables viajeros. Cuando terminó, el venerable anciano de la larga barba se inclinó en dirección al muchacho y le dijo complacido:

— Mi buen chico, ¡qué hermosa es tu música! ¿No habrá abrigo en tu casa para una caravana que llega fatigada de una larga jornada?

Con una profunda reverencia le respondió:

— ¡Sí, señor! Mi padre es el guardián de este pozo, y siempre da posada a los hombres de bien.

Padre e hijo se aplicaron en recibir a aquellos señores con la más esmerada hospitalidad posible. Les sirvieron los dátiles más buenos que tenían y leche de cabra recién ordeñada. Dieron de beber a los camellos, llenaron los odres de agua y los hospedaron lo mejor que pudieron en la cabaña de paredes de barro y techo de hojas de palmera que habían construido a manera de posada.

Por la noche, cuando ya todos se habían recogido, el niño se acercó con curiosidad al anciano que tan bondadosamente lo había tratado y le preguntó con sencillez:

— Señor, perdóneme mi atrevimiento, pero ¿a qué se debe la presencia de tan ilustres personas en estos desérticos parajes?

El buen hombre sonrió y le explicó que venían desde muy lejos. Allí, en sus distantes tierras, supieron mediante sueños que una estrella habría de conducirlos hasta el lugar donde nacería el Mesías, el enviado de Dios, anunciado por los profetas.

Cuando vieron aparecer aquel astro desconocido, cogieron oro, incienso y mirra y se pusieron en camino.

Hacía meses que la venían siguiendo y una especial alegría del corazón les decía que estaban cerca de su destino.

El “tamborilero” no había oído hablar nunca tales cosas. Él, que no era ningún sabio como los ilustres viajeros, se emocionó al oír hablar del Mesías, del “anunciado por los profetas”. Sintió un irresistible deseo de ir a conocerle.

Al día siguiente, se despertó bien temprano. Se despidió de su anciano padre y se unió a la caravana. Había estado buscando con ahínco en el oasis un regalo que le pudiera llevar al Mesías, pero no encontró nada digno de Él. Y pensó: “Iré con mi tambor, y cuando esté delante suyo le diré: Señor, soy pobre y no tengo nada para ofreceros. Pero dicen que mi música es bonita y trae alegría. He venido a tocar para Vos la más linda de mis canciones”.

Días después, tras haber contorneado el Mar Muerto y remontado las escarpadas laderas que conducen hasta Judea, la caravana hacía su entrada en Belén de Judá. Bien en lo alto de una humilde casa, la estrella se había detenido y los tres nobles señores entraron allí.

Como si estuviera esperándoles, se encontraba un resplandeciente Niño sentado majestuosamente, como en un trono, en el regazo de una hermosa mujer. Enseguida comprendieron que aquel era el Mesías anunciado por los profetas. Se postraron, lo adoraron y le ofrecieron los valiosos regalos que habían traído: oro, incienso y mirra.

Pero he aquí que, de repente, se oye el redoble de un tamborcillo y una armoniosa voz infantil que interrumpe la solemnidad de la escena.

Era el “tamborilero” que tocaba para el Salvador la más bonita de sus canciones. Al oírlo, el rostro del Niño Jesús se iluminó con una bella sonrisa, agradado con la candidez de esa alma inocente. Quizá haya sido, antes incluso que San Juan Bautista, el primer amigo del Niño Jesús.

 Fuente: Navidad con los Heraldos

Concierto Navideño con los Heraldos del Evangelio

En todo un ambiente de mucha unción y alegría, en su sexto año consecutivo, los Heraldos del Evangelio ofrecieron un sublime concierto de Villancicos navideños, el 7 de diciembre,  en los salones del  Hotel Crowne Plaza, el cual se llenó de alegría, espíritu y regocijo para la celebración navideña, que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén.

En su sexta edición del concierto navideño de los Heraldos del Evangelio, tuvo lugar  el “Oratorio de Navidad”, escrito por el compositor alemán, Heinrich Schütz, y a seguir con los cantos de los más bellos villancicos de todo el mundo.

El “Oratorio de Navidad” transmitió la belleza, la dulzura y la suavidad del ambiente navideño, por medio de la música, contando la versión de los Evangelios del nacimiento de Cristo, la anunciación del ángel, la huida a Egipto y el retorno a Tierra Santa.

Los villancicos en diferentes idiomas: español, alemán, francés, latín, entre otros, se oyeron en el Salón, “Adeste Fideles”, “El niño del tambor”, “Stille” (Nacht-Noche de paz), “Campanas sobre campanas”, “Il est né le Divin Enfan”, “Los peces en el río”, entre otras

Más que una velada musical, ha sido  una preparación navideña para festejar el nacimiento de nuestro Salvador.

Nuevos Confirmados

El pasado miércoles 5 de noviembre, un grupo de jóvenes de los Heraldos del Evangelio, tuvieron la gracia de poder recibir el sacramento de la Confirmación, conferido por Monseñor Fabio Colindres Abarca, Obispo Castrense de El Salvador, en una solemne Eucaristía.  Monseñor Fabio, en su homilia animaba a los nuevos confirmados para ser verdaderos testigos, defensores y custodios de la fe católica. Mostraba también la impotancia de estudiar asiduamente el Catecismo de la Iglesia Católica.

Recemos todos por los nuevos “soldados de Cristo”, como dice el Catecismo, pues ellos a partir de ahora deberán vivir más intensamente la Verdad  de las Sagradas Escrituras y llevarla a los demás.

Peregrinación a Zacatecoluca

 El domingo, 5 de octubre, fue el día tan esperado para la Peregrinación de nuestra Señora de Fátima, a la ciudad de Zacatecoluca lo iniciamos a las 6:00 a.m. con mucho entusiasmo y compromiso y sobre todo encomendando el día a nuestra Señora.

A las 8:00 a.m. se dio inicio con las palabras de bienvenida del Obispo Mons. Elías Samuel Bolaños y el rezo del Santo Rosario. Después del Santo Rosario hizo el ingreso la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María de Fátima al templo, donde fue coronada solemnemente por Mons. Elías Bolaños, con una lluvia de aplausos, y así dio inicio a la Santa Misa.

Posteriormente dimos inicio a la procesión alrededor de Catedral rezando y cantando alabanzas.

A las 11:45 partimos hacia el Asilo Nuestra Señora de los Pobres, donde los ancianitos estaban reunidos en el comedor, y esperaban con mucho fervor la augusta visita.

A las 5.00pm. fue la celebración de la Santa Misa de clausura de la Peregrinación, presidida por Mons. Elías.

El Obispo agradecer la presencia de los Heraldos, y al finalizar la misa se hizo una procesión a luces de velas alrededor del parque frente a la Catedral.

San Miguel Arcánge: ¿Quién como Dios?

Los ángeles fueron dotados por Dios con una inteligencia perfectísima y sin embargo pecaron, rebelándose contra su Creador. Misterio del mal… San Miguel, por su fidelidad, recibió como premio la misión de proteger a la Santa Iglesia.

P. Pedro Morazzani Arráiz, E.P.

Todos los domingos, durante la celebración de la sagrada eucaristía, un número incontable de fieles en el orbe católico canta o recita el símbolo de nuestra fe. Las verdades de nuestra santa religión son proclamadas una tras otra, obedeciendo una inspirada y sublime síntesis, hasta completar la totalidad de la única doctrina de la fe: “Así como la semilla de la mostaza contiene en un grano pequeñísimo a un gran número de ramas –enseña san Cirilo de Jerusalén–, de la misma manera este resumen de la fe encierra en algunas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento” ¹.

Creo en Dios Padre todopoderoso“. Después de esta afirmación primera y fundamental, de la cual dependen todos los demás artículos del Credo, proclamamos enseguida “el comienzo de la historia de la salvación” ²: “Creador del cielo y de la tierra”.

El misterio de la Creación

Dios, Ser absoluto y eterno, no tenía necesidad de ninguna criatura que le rindiera homenaje ni que reconociera su grandeza ilimitada. Entre tanto, en su misericordia, quiso crear, no para aumentar su propia gloria, intrínseca y sempiterna, sino para manifestar su amor todopoderoso y “comunicar su gloria” ³ a los seres que había creado, compartiendo con ellos su verdad, su bondad y su belleza.

Una inmensa multitud de criaturas diversas y desiguales –seres visibles e invisibles, inteligentes o desprovistos de razón, dispuestos en una maravillosa jerarquía– dio forma, así, al Orden del universo, reflejo de la perfección adorable del Ser infinito, que sólo se manifestaría totalmente en la plenitud de los tiempos mediante su Hijo Unigénito, Jesucristo, el Verbo eterno encarnado.

Explica el Doctor Angélico que “el efecto no representa más que a su causa” 4. Así, en todas las criaturas podemos encontrar vestigios de la eterna Sabiduría que las sacó de la nada: en los astros que pueblan la inmensidad del firmamento y cuyas constelaciones se encuentran separadas, a veces, por millones de años-luz; en los diminutos granos de arena, jamás iguales entre sí, que cubren desiertos y playas; en la variedad asombrosa de vegetales, que va desde “la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al fuego” (Mt 6, 30) hasta los milenarios alerces y secuoyas; en el admirable instinto de los insectos, en la fidelidad casi inteligente de un perro, en la delicadeza virginal de un armiño, en los miles de microbios que pueden pulular en una gota de agua… Pero Dios quiso reflejarse sobre todo en el hombre, creado a su imagen. Y al hacerlo como un compuesto de cuerpo corruptible y alma inmortal, lo transformó en un eslabón entre la materia y el mundo espiritual.

El mundo angelical

Pero en lo alto de esta grandiosa jerarquía, desde donde “superan en perfección a todas las criaturas visibles” 5, Dios colocó a los ángeles, criaturas puramente espirituales, inteligentes y capaces de amar, llenos de gracia divina desde el inicio de su existencia, en la aurora de la primera mañana de la creación. Distribuidos y ordenados por Dios en nueve coros 6 –Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles– forman el ejército de la Jerusalén celestial, y recibieron la triple misión de ser perpetuos adoradores de la Santísima Trinidad, agentes de los designios divinos y protectores del género humano.

Corte del Señor, inmensa e incalculable. “¿Puede contar alguien sus tropas?”, pregunta el Libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, abismado, escribió: “Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él” (Dan 7, 10). Sin embargo, cada uno de estos espíritus ostenta una personalidad propia, inconfundible y específica, sin que haya sido creado uno igual al otro 7.

El primero de los ángeles

Dios, a tanta diversidad y esplendor, quiso colocar un ápice, un punto monárquico, un ser que reflejara de modo inigualable la luz eterna e inextinguible. Maravilla de maravillas, obra maestra del mundo angélico, fulguraba en lo más alto de los coros y todos se extasiaban frente a él, como si dijeran: “Eras el sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza. En Edén estabas, en el jardín de Dios. Toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto” (Ez 28, 12-13).

Como primero de los serafines, iluminaba a todos los espíritus celestiales con los reflejos de la divinidad que su inteligencia sin par discernía con la ayuda de la gracia. Su nombre era Lucifer, el portador de la luz…

La prueba de los espíritus celestiales

Sin embargo, antes de poder contemplar la esencia de Dios por toda la eternidad, los ángeles debían atravesar una prueba. Pues, a pesar de la altísima perfección de su naturaleza, “el ángel no puede volverse a aquella bienaventuranza por su voluntad a no ser ayudada por la gracia” 8.

Ante ellos la faz del Ser infinito permanecía como en penumbras, y solamente sus destellos eran capaces de alimentar el ardiente amor de las legiones del Señor.

Según afirman Tertuliano, san Cipriano, san Basilio, san Bernardo y otros santos, la prueba que decidió del destino eterno de los espíritus angélicos fue el anuncio de la Encarnación del Verbo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, el cual habría de nacer de la Virgen María.

Podemos imaginar que una conmoción de asombre recorrió entonces las filas de la milicia celestial cuando conocieron intuitivamente, por una acción de Dios, el plan de la Salvación: el Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola con ello hasta el mismo trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se convertiría en medianera de todas las gracias, sería encumbrada por encima de los coros angélicos y coronada como Reina del Universo.

Lo inexplicable surgía frente a los ángeles como cúspide y núcleo de la obra de la creación.

La prueba había llegado.

¡Amar sin entender! ¡Amar sobre todas las cosas al Dios Altísimo que en una sublime manifestación de su amor había sacado de la nada a todas las criaturas! Reconocer, en un supremo impulso de adoración y sumisión, la superioridad infinita de la Bondad absoluta y eterna.

Era el acto que confirmaría a los espíritus angélicos en la gracia divina y los introduciría en la visión beatífica para siempre.

La primera revolución de la Historia

Pero Lucifer vaciló ante un misterio que sobrepasaba su comprensión angélica. ¿Estaría ignorando Dios la naturaleza perfectísima de los ángeles y prefería unirse a un ser humano, tan inferior a ellos en el orden de las criaturas? Él, el serafín más alto, ¿sería obligado a adorar a un hombre? “Esta unión hipostática del hombre con el Verbo le pareció intolerable y deseó que se realizara con él”, afirma Cornelio a Lápide 9. Sí, sólo con él, Lucifer, “perfecto desde que fuiste creado” (Ez 28, 15), debería unirse Dios y de este modo erigirlo en mediador único y necesario entre el Creador y las criaturas. Así, “el que había sido hecho ángel desde la nada, comparándose, lleno de soberbia, con su Creador, pretendió robar lo que era propio del Hijo de Dios”, concluye san Bernardo 10.

El ángel pecó queriendo ser como Dios11 y el príncipe de la luz se volvió tinieblas. Se pudo oír el primer grito de rebeldía en la historia de la creación: “¡No serviré! ¡Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión! ¡Me asemejaré al Altísimo!” (cf. Is 14, 13-14).

El defensor de la gloria de Dios

Resonó entonces un grito en el Cielo: “¿Quién como Dios?

Entre el ángel rebelde y el trono del todopoderoso se levantaba “uno de los primeros príncipes” (Dan 10, 3), un serafín incomparablemente más esplendoroso y fuerte de lo que había sido “el portador de la luz”.

¿Quién era éste que se atrevía a desafiar al más alto de los ángeles y ahora refulgía invencible, revestido con “el poder de la divina justicia, más fuerte que toda virtud natural de los ángeles12?

¿Quién era éste? Llama viva de amor, hoguera de celo y humildad, ejecutor de la divina justicia.

¿Quién como Dios?” – Millones de millones de espíritus angélicos repitieron el mismo grito de fidelidad. “¿Quién como Dios?” – Este signo de fidelidad, que en hebreo se dice Mi-ka-el, se transformó en el nombre del serafín que, por su caridad sin parangón, fue el primero en alzarse en defensa de la Majestad ofendida.

Michael, Miguel: nombre que expresa, en su sonora brevedad, la alabanza más completa, la adoración más perfecta, el reconocimiento más lleno de amor a la trascendencia divina y la confesión más humilde de la contingencia de la criatura.

La primera batalla de una guerra eterna

Hubo una gran batalla en el Cielo” (Ap 12, 7). Lucha entre ángeles y demonios, lucha de la luz contra las tinieblas, de la fidelidad contra la soberbia, de la humildad y el orden contra el orgullo y el desorden. “Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron” (Ap 12, 7).

Satanás, lleno de orgullo y “obstinado en su pecado13, “arrastró la tercera parte”(Ap 12, 4) de los espíritus angélicos, hundiéndolos consigo en las tinieblas eternas de la rebelión.

Pero no prevalecieron, ni hubo más lugar para ellos en el cielo. Ese gran dragón, que se llama demonio y Satanás, fue precipitado junto a sus ángeles (Ap 12, 8-9) en los abismos tenebrosos del infierno (Pe 2, 4).

Un inmenso clamor llenó el universo: “¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Ha sido precipitada al infierno tu arrogancia!” (Is 14, 11-12).

Y mientras el serafín rebelde era visto “caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18) y ser condenado al fuego inextinguible, “preparado para el Diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41), san Miguel era elevado por el rey eterno a la cima de la jerarquía de los ángeles fieles y se convertía en el “gloriosísimo príncipe de la milicia celestial”, como lo designa la liturgia de la Santa Iglesia Católica.

El nuevo campo de batalla

Restablecido el orden en los cielos angelicales, el campo de batalla donde prosiguió la lucha entre la luz y las tinieblas pasó a ser la tierra de los hombres.

El ángel destronado consiguió seducir a nuestros primeros padres para hacerlos pecar, como él, contra el
Altísimo, queriendo ser como dioses (Gen 3, 5) y el Señor declaró la guerra al tentador: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje” (Gen 3, 15).

A partir de este momento, la historia humana está atravesada por una ardua lucha contra el poder de las tinieblas. Iniciada al comienzo mismo del mundo, esta batalla durará hasta el último día, según las palabras del Señor. El hombre, inserto en esta batalla, debe luchar por sumarse al bien 14.

En este combate, además de las armas decisivas de la gracia de Dios, que los sacramentos nos entregan en superabundancia, los hombres cuentan con el auxilio y la protección de los ángeles. Y al príncipe de la Jerusalén celestial corresponde la capitanía de todas legiones angélicas en la lucha contra las fuerzas del infierno por la salvación de las almas. Así, san Miguel prosigue en la tierra la lucha triunfal que comenzó en el Cielo.

Protector del pueblo elegido y de la Santa Iglesia

San Miguel fue el ángel tutelar del pueblo de Israel.

A menudo la iconograf�a representa a San Miguel como un magn�fico guerrero luchando contra LuciferLas Sagradas Escrituras lo mencionan por primera vez en el libro de Daniel. Este profeta, al escribir las revelaciones recibidas del ángel Gabriel sobre el combate para liberar a la nación elegida de la servidumbre a los persas, afirma que nadie la defenderá “excepto Miguel, vuestro Príncipe” (Dan 10, 22). Y añade, cuando relata las tribulaciones de épocas futuras: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo” (Dan 12, 1).

El serafín de la fidelidad no dejó de proteger al pueblo de Israel y velar por la fe de la sinagoga hasta el momento supremo de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El sol se oscureció y hubo tinieblas, la tierra tembló, se partieron las piedras y el velo del Templo –monumental tejido de jacinto, púrpura y escarlata que cubría la entrada del impenetrable “Santo de los Santos”– se rasgó en dos partes, de alto abajo (cf. Mt 27, 51; Mc 15, 38; Lc 23, 45). El famoso historiador judío Flavio Josefo cuenta que, después de estos acontecimientos, los propios sacerdotes del Templo escucharon dentro del recinto sagrado una misteriosa voz que clamaba repetidas veces: “¡Salgamos de aquí!15.

San Miguel, el centinela de Israel, abandonaba definitivamente el Templo de la Antigua Alianza, ahora inútil, porque el único sacrificio verdadero acababa de consumarse en lo alto del Calvario. Del corazón atravesado del Cordero Inmaculado nacía la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, Templo eterno del Espíritu Santo. Y a partir de ese instante, Miguel el triunfador, el primer adorador del Verbo encarnado, se volvió también el vigilante protector de la única Iglesia de Dios.

Al respecto escribió el cardenal Shuster: “Después del oficio de padre legal de Jesucristo, que corresponde a san José, no hay en la tierra ningún ministerio más importante y más sublime que el conferido a san Miguel: protector y defensor de la Iglesia” 16.

Notas:
1) Cathechese Iluminandorum, in CIC 186.
2) CIC, 280.
3) CIC, 319.
4) Suma Teológica I, q. 45, a. 7.
5) CIC, 330.
6) Suma Teológica I q. 108 a. 5.
7) Idem I, q. 50, a. 4.
8) Idem I, q. 62, a. 2.
9) A. Bernet, Enquête sur les Anges, Librairie Académique Perrin, 1997, p. 43.
10) Obras Completas, BAC, Madrid, 1953, vol. 1, p. 215.
11) Suma Teológica I, q. 65, a. 5.
12) Idem I, q. 109, a. 4.
13) Idem I, q. 63, a. 2.
14) Gaudium et Spes, 37, 2.
15) Cf. História dos hebreus, Editorial das Américas, São Paulo, 1963, vol. 8, p. 304.
16) Año Cristiano, BAC, Madrid, 2002, vol. 9, p. 266.

Apud: Revista Heraldos del Evangelio, Madrid, nº 50, septiembre 2007