María, Madre Nuestra

Algunos no explican con toda la clareza el porqué Nuestra Señora es nuestra Madre

Llegan a decir que Nuestro Señor Jesucristo nos la entregó como Madre durante la crucifixión en la persona de Dan Juan Evangelista: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27).”. Cristo en aquel momento no hizo más que promulgar solemnemente ante la luz del mundo, que María era nuestra Madre. Pero no fue en aquel momento que Nuestra Señor se volvió nuestra Madre.

                El hecho de que María sea nuestra Madre es por la razón de que es Madre de Cristo, Cabeza  del Cuerpo Místico de Cristo. Nosotros somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. ¿Dónde se vio en la historia de la humanidad, que una madre pueda ser madre de la cabeza, de su hijo, pero no de sus miembros?  Esto no pude ser. Si ella es Madre de la Cabeza, tiene que ser Madre de los miembros también. Mas, como esta Cabeza es física, y los miembros son de orden espiritual -son los miembros espirituales de Cristo- es Madre física de la Cabeza y Madre espiritual. Por el hecho de ser Madre física de la Cabeza es nuestra Madre.  Y con el mismísimo derecho. De la misma forma con que Cristo puede decir a  María Santísima: “Mi Madre” por ese mismo derecho, en el orden espiritual, en el orden místico podemos decir nosotros: “Mi Madre”. Precisamente porque es la Madre de Cristo y es nuestra también. Y Cristo en la Cruz no hizo más que proclamar solemnemente esta gran verdad. Sin embargo esto ya era así desde  el primer instante en que Ella concibió a Nuestro Señor. En este momento María Santísima nos concibió como Madre espiritual. La razón profunda, teológica del hecho de su maternidad divina trae como consecuencia nuestra maternidad.

                Si María no fuese Madre de Cristo sería nuestra Madre de una manera extrínseca, solamente porque habría sido como que anotado en un registro civil. Pero intrínsecamente es nuestra Madre porque es madre de la cabeza y nosotros somos miembros intrínsecamente unidos a Cristo. Cristo es él y nosotros. El Cristo total está formado por Cristo Cabeza y nosotros los miembros: el Cuerpo Místico. Es esta la razón que torna a la Santísima Virgen Madre de la Iglesia.

El Niño del Tambor

Hace más de dos mil años, en los inmensos y lejanos arenales de Arabia, donde las montañas no tienen nombre, pues el viento las hace y deshace con su fuerza mutable y dominadora, vivía un niño muy pobre, huérfano de madre desde muy pequeño. Su padre era el guardián de un oasis que estaba algo apartado de las rutas más transitadas, pero conocido por los viajantes por su abundante y cristalina agua.

En varias ocasiones el celoso padre había pensado aliviar la soledad de su hijo regalándole un juguete. Aunque nunca tuvo el valor de preguntarle el precio a ninguno de los mercaderes que por allí pasaban, porque seguramente sería mayor de lo que podría pagar con las pocas monedas que poseía.

¿No habrá abrigo en tu casa para una caravana que llega fatigada
de una larga jornada?

Entonces decidió fabricarle a su hijo un sencillo tambor. Cogió un viejo barrilito, le quitó las tapaderas, lo barnizó con aceite de palma y extendió cuidadosamente sobre sus extremos dos pieles de cabra, fuertemente estiradas con tendones de carnero.

La preparación del instrumento le costó semanas de trabajo. Tuvo que rehacerlo varias veces, hasta que quedó bien. Pero el esfuerzo mereció la pena: el niño recibió el tamborcito con esa capacidad de alma que tienen los inocentes de contentarse con un único regalo, ¡que vale más que recibir mil otros! Lo tocaba constantemente, acompañándose de canciones que él mismo componía, ¡y qué bonitas eran!

Tan hermosas que en todo el desierto, desde el mar hasta los montes, era conocido como el “tamborilero”.

En una fría noche de invierno, la monótona rutina de aquellos lugares fue rota por un fenómeno sorprendente: en el cielo apareció, en el oriente, una estrella que brillaba más que todas las otras y parecía que se movía lentamente en dirección hacia occidente. Era tan luminosa que permanecía visible día y noche, acercándose a ellos cada vez más.

Ante tan extraordinario prodigio, el padre llegó a sentir temor, pero su hijo lo tranquilizó enseguida: aquel astro era demasiado bello para que fuera un mal presagio. Más bien parecía anunciar lo contrario, un acontecimiento grandioso y feliz.

Días después, cuando la estrella se encontraba más próxima, el niño divisó en el horizonte una larga hilera de hombres y cabalgaduras. No se trataba de una caravana común. El número de bestias de carga era incontable.

¡Transportaban magníficos fardos! E incluso el menor de los siervos que allí estaba, vestía y se comportaba con la dignidad de un hidalgo.

Al final de la extensa cabalgata, sentados encima de robustos dromedarios, venían tres nobles señores, vestidos con coloridos trajes y turbantes de seda. Uno de ellos era un anciano de larga barba, el otro un hombre maduro de ojos vivaces y rubios cabellos y el tercero un vigoroso árabe de piel oscura.

Se diría que los tres eran reyes.

El rostro del Niño Jesús se iluminó con una bella sonrisa, agradado con la candidez de esa alma inocente

El niño salió corriendo a coger su tambor, empezó a tocarlo y se puso a cantar en honor de aquellos admirables viajeros. Cuando terminó, el venerable anciano de la larga barba se inclinó en dirección al muchacho y le dijo complacido:

— Mi buen chico, ¡qué hermosa es tu música! ¿No habrá abrigo en tu casa para una caravana que llega fatigada de una larga jornada?

Con una profunda reverencia le respondió:

— ¡Sí, señor! Mi padre es el guardián de este pozo, y siempre da posada a los hombres de bien.

Padre e hijo se aplicaron en recibir a aquellos señores con la más esmerada hospitalidad posible. Les sirvieron los dátiles más buenos que tenían y leche de cabra recién ordeñada. Dieron de beber a los camellos, llenaron los odres de agua y los hospedaron lo mejor que pudieron en la cabaña de paredes de barro y techo de hojas de palmera que habían construido a manera de posada.

Por la noche, cuando ya todos se habían recogido, el niño se acercó con curiosidad al anciano que tan bondadosamente lo había tratado y le preguntó con sencillez:

— Señor, perdóneme mi atrevimiento, pero ¿a qué se debe la presencia de tan ilustres personas en estos desérticos parajes?

El buen hombre sonrió y le explicó que venían desde muy lejos. Allí, en sus distantes tierras, supieron mediante sueños que una estrella habría de conducirlos hasta el lugar donde nacería el Mesías, el enviado de Dios, anunciado por los profetas.

Cuando vieron aparecer aquel astro desconocido, cogieron oro, incienso y mirra y se pusieron en camino.

Hacía meses que la venían siguiendo y una especial alegría del corazón les decía que estaban cerca de su destino.

El “tamborilero” no había oído hablar nunca tales cosas. Él, que no era ningún sabio como los ilustres viajeros, se emocionó al oír hablar del Mesías, del “anunciado por los profetas”. Sintió un irresistible deseo de ir a conocerle.

Al día siguiente, se despertó bien temprano. Se despidió de su anciano padre y se unió a la caravana. Había estado buscando con ahínco en el oasis un regalo que le pudiera llevar al Mesías, pero no encontró nada digno de Él. Y pensó: “Iré con mi tambor, y cuando esté delante suyo le diré: Señor, soy pobre y no tengo nada para ofreceros. Pero dicen que mi música es bonita y trae alegría. He venido a tocar para Vos la más linda de mis canciones”.

Días después, tras haber contorneado el Mar Muerto y remontado las escarpadas laderas que conducen hasta Judea, la caravana hacía su entrada en Belén de Judá. Bien en lo alto de una humilde casa, la estrella se había detenido y los tres nobles señores entraron allí.

Como si estuviera esperándoles, se encontraba un resplandeciente Niño sentado majestuosamente, como en un trono, en el regazo de una hermosa mujer. Enseguida comprendieron que aquel era el Mesías anunciado por los profetas. Se postraron, lo adoraron y le ofrecieron los valiosos regalos que habían traído: oro, incienso y mirra.

Pero he aquí que, de repente, se oye el redoble de un tamborcillo y una armoniosa voz infantil que interrumpe la solemnidad de la escena.

Era el “tamborilero” que tocaba para el Salvador la más bonita de sus canciones. Al oírlo, el rostro del Niño Jesús se iluminó con una bella sonrisa, agradado con la candidez de esa alma inocente. Quizá haya sido, antes incluso que San Juan Bautista, el primer amigo del Niño Jesús.

 Fuente: Navidad con los Heraldos

Concierto Navideño con los Heraldos del Evangelio

En todo un ambiente de mucha unción y alegría, en su sexto año consecutivo, los Heraldos del Evangelio ofrecieron un sublime concierto de Villancicos navideños, el 7 de diciembre,  en los salones del  Hotel Crowne Plaza, el cual se llenó de alegría, espíritu y regocijo para la celebración navideña, que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén.

En su sexta edición del concierto navideño de los Heraldos del Evangelio, tuvo lugar  el “Oratorio de Navidad”, escrito por el compositor alemán, Heinrich Schütz, y a seguir con los cantos de los más bellos villancicos de todo el mundo.

El “Oratorio de Navidad” transmitió la belleza, la dulzura y la suavidad del ambiente navideño, por medio de la música, contando la versión de los Evangelios del nacimiento de Cristo, la anunciación del ángel, la huida a Egipto y el retorno a Tierra Santa.

Los villancicos en diferentes idiomas: español, alemán, francés, latín, entre otros, se oyeron en el Salón, “Adeste Fideles”, “El niño del tambor”, “Stille” (Nacht-Noche de paz), “Campanas sobre campanas”, “Il est né le Divin Enfan”, “Los peces en el río”, entre otras

Más que una velada musical, ha sido  una preparación navideña para festejar el nacimiento de nuestro Salvador.

Nuevos Confirmados

El pasado miércoles 5 de noviembre, un grupo de jóvenes de los Heraldos del Evangelio, tuvieron la gracia de poder recibir el sacramento de la Confirmación, conferido por Monseñor Fabio Colindres Abarca, Obispo Castrense de El Salvador, en una solemne Eucaristía.  Monseñor Fabio, en su homilia animaba a los nuevos confirmados para ser verdaderos testigos, defensores y custodios de la fe católica. Mostraba también la impotancia de estudiar asiduamente el Catecismo de la Iglesia Católica.

Recemos todos por los nuevos “soldados de Cristo”, como dice el Catecismo, pues ellos a partir de ahora deberán vivir más intensamente la Verdad  de las Sagradas Escrituras y llevarla a los demás.

Peregrinación a Zacatecoluca

 El domingo, 5 de octubre, fue el día tan esperado para la Peregrinación de nuestra Señora de Fátima, a la ciudad de Zacatecoluca lo iniciamos a las 6:00 a.m. con mucho entusiasmo y compromiso y sobre todo encomendando el día a nuestra Señora.

A las 8:00 a.m. se dio inicio con las palabras de bienvenida del Obispo Mons. Elías Samuel Bolaños y el rezo del Santo Rosario. Después del Santo Rosario hizo el ingreso la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María de Fátima al templo, donde fue coronada solemnemente por Mons. Elías Bolaños, con una lluvia de aplausos, y así dio inicio a la Santa Misa.

Posteriormente dimos inicio a la procesión alrededor de Catedral rezando y cantando alabanzas.

A las 11:45 partimos hacia el Asilo Nuestra Señora de los Pobres, donde los ancianitos estaban reunidos en el comedor, y esperaban con mucho fervor la augusta visita.

A las 5.00pm. fue la celebración de la Santa Misa de clausura de la Peregrinación, presidida por Mons. Elías.

El Obispo agradecer la presencia de los Heraldos, y al finalizar la misa se hizo una procesión a luces de velas alrededor del parque frente a la Catedral.

San Miguel Arcánge: ¿Quién como Dios?

Los ángeles fueron dotados por Dios con una inteligencia perfectísima y sin embargo pecaron, rebelándose contra su Creador. Misterio del mal… San Miguel, por su fidelidad, recibió como premio la misión de proteger a la Santa Iglesia.

P. Pedro Morazzani Arráiz, E.P.

Todos los domingos, durante la celebración de la sagrada eucaristía, un número incontable de fieles en el orbe católico canta o recita el símbolo de nuestra fe. Las verdades de nuestra santa religión son proclamadas una tras otra, obedeciendo una inspirada y sublime síntesis, hasta completar la totalidad de la única doctrina de la fe: “Así como la semilla de la mostaza contiene en un grano pequeñísimo a un gran número de ramas –enseña san Cirilo de Jerusalén–, de la misma manera este resumen de la fe encierra en algunas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento” ¹.

Creo en Dios Padre todopoderoso“. Después de esta afirmación primera y fundamental, de la cual dependen todos los demás artículos del Credo, proclamamos enseguida “el comienzo de la historia de la salvación” ²: “Creador del cielo y de la tierra”.

El misterio de la Creación

Dios, Ser absoluto y eterno, no tenía necesidad de ninguna criatura que le rindiera homenaje ni que reconociera su grandeza ilimitada. Entre tanto, en su misericordia, quiso crear, no para aumentar su propia gloria, intrínseca y sempiterna, sino para manifestar su amor todopoderoso y “comunicar su gloria” ³ a los seres que había creado, compartiendo con ellos su verdad, su bondad y su belleza.

Una inmensa multitud de criaturas diversas y desiguales –seres visibles e invisibles, inteligentes o desprovistos de razón, dispuestos en una maravillosa jerarquía– dio forma, así, al Orden del universo, reflejo de la perfección adorable del Ser infinito, que sólo se manifestaría totalmente en la plenitud de los tiempos mediante su Hijo Unigénito, Jesucristo, el Verbo eterno encarnado.

Explica el Doctor Angélico que “el efecto no representa más que a su causa” 4. Así, en todas las criaturas podemos encontrar vestigios de la eterna Sabiduría que las sacó de la nada: en los astros que pueblan la inmensidad del firmamento y cuyas constelaciones se encuentran separadas, a veces, por millones de años-luz; en los diminutos granos de arena, jamás iguales entre sí, que cubren desiertos y playas; en la variedad asombrosa de vegetales, que va desde “la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al fuego” (Mt 6, 30) hasta los milenarios alerces y secuoyas; en el admirable instinto de los insectos, en la fidelidad casi inteligente de un perro, en la delicadeza virginal de un armiño, en los miles de microbios que pueden pulular en una gota de agua… Pero Dios quiso reflejarse sobre todo en el hombre, creado a su imagen. Y al hacerlo como un compuesto de cuerpo corruptible y alma inmortal, lo transformó en un eslabón entre la materia y el mundo espiritual.

El mundo angelical

Pero en lo alto de esta grandiosa jerarquía, desde donde “superan en perfección a todas las criaturas visibles” 5, Dios colocó a los ángeles, criaturas puramente espirituales, inteligentes y capaces de amar, llenos de gracia divina desde el inicio de su existencia, en la aurora de la primera mañana de la creación. Distribuidos y ordenados por Dios en nueve coros 6 –Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles– forman el ejército de la Jerusalén celestial, y recibieron la triple misión de ser perpetuos adoradores de la Santísima Trinidad, agentes de los designios divinos y protectores del género humano.

Corte del Señor, inmensa e incalculable. “¿Puede contar alguien sus tropas?”, pregunta el Libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, abismado, escribió: “Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él” (Dan 7, 10). Sin embargo, cada uno de estos espíritus ostenta una personalidad propia, inconfundible y específica, sin que haya sido creado uno igual al otro 7.

El primero de los ángeles

Dios, a tanta diversidad y esplendor, quiso colocar un ápice, un punto monárquico, un ser que reflejara de modo inigualable la luz eterna e inextinguible. Maravilla de maravillas, obra maestra del mundo angélico, fulguraba en lo más alto de los coros y todos se extasiaban frente a él, como si dijeran: “Eras el sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza. En Edén estabas, en el jardín de Dios. Toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto” (Ez 28, 12-13).

Como primero de los serafines, iluminaba a todos los espíritus celestiales con los reflejos de la divinidad que su inteligencia sin par discernía con la ayuda de la gracia. Su nombre era Lucifer, el portador de la luz…

La prueba de los espíritus celestiales

Sin embargo, antes de poder contemplar la esencia de Dios por toda la eternidad, los ángeles debían atravesar una prueba. Pues, a pesar de la altísima perfección de su naturaleza, “el ángel no puede volverse a aquella bienaventuranza por su voluntad a no ser ayudada por la gracia” 8.

Ante ellos la faz del Ser infinito permanecía como en penumbras, y solamente sus destellos eran capaces de alimentar el ardiente amor de las legiones del Señor.

Según afirman Tertuliano, san Cipriano, san Basilio, san Bernardo y otros santos, la prueba que decidió del destino eterno de los espíritus angélicos fue el anuncio de la Encarnación del Verbo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, el cual habría de nacer de la Virgen María.

Podemos imaginar que una conmoción de asombre recorrió entonces las filas de la milicia celestial cuando conocieron intuitivamente, por una acción de Dios, el plan de la Salvación: el Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola con ello hasta el mismo trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se convertiría en medianera de todas las gracias, sería encumbrada por encima de los coros angélicos y coronada como Reina del Universo.

Lo inexplicable surgía frente a los ángeles como cúspide y núcleo de la obra de la creación.

La prueba había llegado.

¡Amar sin entender! ¡Amar sobre todas las cosas al Dios Altísimo que en una sublime manifestación de su amor había sacado de la nada a todas las criaturas! Reconocer, en un supremo impulso de adoración y sumisión, la superioridad infinita de la Bondad absoluta y eterna.

Era el acto que confirmaría a los espíritus angélicos en la gracia divina y los introduciría en la visión beatífica para siempre.

La primera revolución de la Historia

Pero Lucifer vaciló ante un misterio que sobrepasaba su comprensión angélica. ¿Estaría ignorando Dios la naturaleza perfectísima de los ángeles y prefería unirse a un ser humano, tan inferior a ellos en el orden de las criaturas? Él, el serafín más alto, ¿sería obligado a adorar a un hombre? “Esta unión hipostática del hombre con el Verbo le pareció intolerable y deseó que se realizara con él”, afirma Cornelio a Lápide 9. Sí, sólo con él, Lucifer, “perfecto desde que fuiste creado” (Ez 28, 15), debería unirse Dios y de este modo erigirlo en mediador único y necesario entre el Creador y las criaturas. Así, “el que había sido hecho ángel desde la nada, comparándose, lleno de soberbia, con su Creador, pretendió robar lo que era propio del Hijo de Dios”, concluye san Bernardo 10.

El ángel pecó queriendo ser como Dios11 y el príncipe de la luz se volvió tinieblas. Se pudo oír el primer grito de rebeldía en la historia de la creación: “¡No serviré! ¡Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión! ¡Me asemejaré al Altísimo!” (cf. Is 14, 13-14).

El defensor de la gloria de Dios

Resonó entonces un grito en el Cielo: “¿Quién como Dios?

Entre el ángel rebelde y el trono del todopoderoso se levantaba “uno de los primeros príncipes” (Dan 10, 3), un serafín incomparablemente más esplendoroso y fuerte de lo que había sido “el portador de la luz”.

¿Quién era éste que se atrevía a desafiar al más alto de los ángeles y ahora refulgía invencible, revestido con “el poder de la divina justicia, más fuerte que toda virtud natural de los ángeles12?

¿Quién era éste? Llama viva de amor, hoguera de celo y humildad, ejecutor de la divina justicia.

¿Quién como Dios?” – Millones de millones de espíritus angélicos repitieron el mismo grito de fidelidad. “¿Quién como Dios?” – Este signo de fidelidad, que en hebreo se dice Mi-ka-el, se transformó en el nombre del serafín que, por su caridad sin parangón, fue el primero en alzarse en defensa de la Majestad ofendida.

Michael, Miguel: nombre que expresa, en su sonora brevedad, la alabanza más completa, la adoración más perfecta, el reconocimiento más lleno de amor a la trascendencia divina y la confesión más humilde de la contingencia de la criatura.

La primera batalla de una guerra eterna

Hubo una gran batalla en el Cielo” (Ap 12, 7). Lucha entre ángeles y demonios, lucha de la luz contra las tinieblas, de la fidelidad contra la soberbia, de la humildad y el orden contra el orgullo y el desorden. “Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron” (Ap 12, 7).

Satanás, lleno de orgullo y “obstinado en su pecado13, “arrastró la tercera parte”(Ap 12, 4) de los espíritus angélicos, hundiéndolos consigo en las tinieblas eternas de la rebelión.

Pero no prevalecieron, ni hubo más lugar para ellos en el cielo. Ese gran dragón, que se llama demonio y Satanás, fue precipitado junto a sus ángeles (Ap 12, 8-9) en los abismos tenebrosos del infierno (Pe 2, 4).

Un inmenso clamor llenó el universo: “¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Ha sido precipitada al infierno tu arrogancia!” (Is 14, 11-12).

Y mientras el serafín rebelde era visto “caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18) y ser condenado al fuego inextinguible, “preparado para el Diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41), san Miguel era elevado por el rey eterno a la cima de la jerarquía de los ángeles fieles y se convertía en el “gloriosísimo príncipe de la milicia celestial”, como lo designa la liturgia de la Santa Iglesia Católica.

El nuevo campo de batalla

Restablecido el orden en los cielos angelicales, el campo de batalla donde prosiguió la lucha entre la luz y las tinieblas pasó a ser la tierra de los hombres.

El ángel destronado consiguió seducir a nuestros primeros padres para hacerlos pecar, como él, contra el
Altísimo, queriendo ser como dioses (Gen 3, 5) y el Señor declaró la guerra al tentador: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje” (Gen 3, 15).

A partir de este momento, la historia humana está atravesada por una ardua lucha contra el poder de las tinieblas. Iniciada al comienzo mismo del mundo, esta batalla durará hasta el último día, según las palabras del Señor. El hombre, inserto en esta batalla, debe luchar por sumarse al bien 14.

En este combate, además de las armas decisivas de la gracia de Dios, que los sacramentos nos entregan en superabundancia, los hombres cuentan con el auxilio y la protección de los ángeles. Y al príncipe de la Jerusalén celestial corresponde la capitanía de todas legiones angélicas en la lucha contra las fuerzas del infierno por la salvación de las almas. Así, san Miguel prosigue en la tierra la lucha triunfal que comenzó en el Cielo.

Protector del pueblo elegido y de la Santa Iglesia

San Miguel fue el ángel tutelar del pueblo de Israel.

A menudo la iconograf�a representa a San Miguel como un magn�fico guerrero luchando contra LuciferLas Sagradas Escrituras lo mencionan por primera vez en el libro de Daniel. Este profeta, al escribir las revelaciones recibidas del ángel Gabriel sobre el combate para liberar a la nación elegida de la servidumbre a los persas, afirma que nadie la defenderá “excepto Miguel, vuestro Príncipe” (Dan 10, 22). Y añade, cuando relata las tribulaciones de épocas futuras: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo” (Dan 12, 1).

El serafín de la fidelidad no dejó de proteger al pueblo de Israel y velar por la fe de la sinagoga hasta el momento supremo de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El sol se oscureció y hubo tinieblas, la tierra tembló, se partieron las piedras y el velo del Templo –monumental tejido de jacinto, púrpura y escarlata que cubría la entrada del impenetrable “Santo de los Santos”– se rasgó en dos partes, de alto abajo (cf. Mt 27, 51; Mc 15, 38; Lc 23, 45). El famoso historiador judío Flavio Josefo cuenta que, después de estos acontecimientos, los propios sacerdotes del Templo escucharon dentro del recinto sagrado una misteriosa voz que clamaba repetidas veces: “¡Salgamos de aquí!15.

San Miguel, el centinela de Israel, abandonaba definitivamente el Templo de la Antigua Alianza, ahora inútil, porque el único sacrificio verdadero acababa de consumarse en lo alto del Calvario. Del corazón atravesado del Cordero Inmaculado nacía la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, Templo eterno del Espíritu Santo. Y a partir de ese instante, Miguel el triunfador, el primer adorador del Verbo encarnado, se volvió también el vigilante protector de la única Iglesia de Dios.

Al respecto escribió el cardenal Shuster: “Después del oficio de padre legal de Jesucristo, que corresponde a san José, no hay en la tierra ningún ministerio más importante y más sublime que el conferido a san Miguel: protector y defensor de la Iglesia” 16.

Notas:
1) Cathechese Iluminandorum, in CIC 186.
2) CIC, 280.
3) CIC, 319.
4) Suma Teológica I, q. 45, a. 7.
5) CIC, 330.
6) Suma Teológica I q. 108 a. 5.
7) Idem I, q. 50, a. 4.
8) Idem I, q. 62, a. 2.
9) A. Bernet, Enquête sur les Anges, Librairie Académique Perrin, 1997, p. 43.
10) Obras Completas, BAC, Madrid, 1953, vol. 1, p. 215.
11) Suma Teológica I, q. 65, a. 5.
12) Idem I, q. 109, a. 4.
13) Idem I, q. 63, a. 2.
14) Gaudium et Spes, 37, 2.
15) Cf. História dos hebreus, Editorial das Américas, São Paulo, 1963, vol. 8, p. 304.
16) Año Cristiano, BAC, Madrid, 2002, vol. 9, p. 266.

Apud: Revista Heraldos del Evangelio, Madrid, nº 50, septiembre 2007

Campamento Panchimalco 2014

De los días 12 al 15 de septiembre se realizó un campamento con los jóvenes que participan en las actividades de los fines de semana. El tema del campamento fue la Confianza. En las varias palestras se vio la importancia de la práctica de esta virtud para el progreso en la vida espiritual. Muchas de las reuniones fueron ilustradas con obras de teatros o audiovisuales. En el último día tuvimos la alegría de compartir con los papás de los chicos los juegos y el almuerzo.

Agradecemos de todo corazón a la Santísima Virgen de la Confianza por todas las gracias y bendiciones derramadas en estos días a todos y a cada uno de los participantes.

Viaje a Costa Rica 2014

Un grupo de jóvenes participantes de las actividades de los fines de semana de los Heraldos del Evangelio, en las Fiestas Agostinas han aprovechado para hacer un viaje cultural a Costa Rica.

San José, capital del país. El Teatro Nacional, donde asistieron a un concierto de canto del conjunto de Cámara Genasis, la Catedral, plazas y calles fueron la gran atracción del paseo capitalino. El Rosario de luces rezado en la plaza de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, patrona de Costa Rica, el Parque natural de las Cataratas de La Paz, el Canpy en Monteverde, el Museo del Niño, Museo de Ciencias Naturales, fueron lugares, entre otros, que sin lugar a duda han marcado como una experiencia positiva en los corazones de todos los participantes.

Agradecemos de todo corazón a los Heraldos del Evangelio de Costa Rica por la excelente recepción que nos han brindado y pedimos a la Santísima Virgen de los Ángeles que continúe bendiciendo todo el labor en pro de la juventud que realizan en tierras Ticas y también le pedimos a Ella de ser fieles a todas las gracias que derramó durante estos días inolvidables pasados juntos.

El Manto del Carmen

Anticipando el monaquismo católico, unos cuantos discípulos de Elías eligieron las alturas del monte Car­melo para entregarse a la contemplación. Permanecieron así en la sucesión de las generaciones hasta la llegada del Señor. Varios se convirtieron después de Pentecostés y fueron los primeros en erigir un oratorio en alabanza de la Virgen.

Tácito nos relata que el empera­dor Vespasiano subía al monte Car­melo para consultar un oráculo, y allá escuchaba las orientaciones de un sacerdote llamado Basilido, que en cierto momento le auguró un gran éxito.

Otro historiador –Suetonio– re­fuerza el relato, agregando que Ves­pasiano iba al Carmelo en busca de una confirmación para su destino y sus reflexiones, y volvía lleno de áni­mo.

Autores de peso discuten entre sí el origen del oratorio existente en el lugar. Unos dicen que era pagano; otros, en cambio, afirman que ya se trataba de un santuario dedicado a la Santísima Virgen.
Entretanto, es totalmente segura la enorme antigüe­dad de la Orden del Carmen.

Después de Elías, su discípulo Eliseo siguió habitando la montaña rodeado por los “hijos de los profe­tas” (Cfr. 2 Re 2, 15; 6, 1; etc.). Se conoce allá una “gruta de Elías” y una caverna llamada “escuela de los profetas”.

Pero el primer documento históri­co que nos ha llegado mencionando a un grupo de ermitaños en el mon­te Carmelo es de mediados del s. XII.

Vivían bajo la dirección de un ex mi­litar de nombre Bertoldo. En 1154 o 1155 un pariente suyo, Aymeric, pa­triarca de Antioquía, lo orientó en el establecimiento del eremitorio. A un monje griego, Juan Focas, quien lo visitó en 1185, le contó san Bertol­do que se había retirado con diez dis­cípulos al Carmelo en virtud de una aparición de san Elías. Esta comuni­dad recibió poco después una regla del Patriarca de Jerusalén, san Alber­to, la cual fue enmendada y definitivamente aprobada por el Papa Ino­cencio IV en 1247.Quedaba consti­tuida así la Orden del Carmen.

El primer vestido lo hizo Dios

El primer vestido del que la Histo­ria tiene noticia se remonta al Paraí­so Terrenal.

Cuenta el Génesis (3, 21) que después de caer nuestros primeros padres, Adán y Eva, el propio Dios les confeccionó túnicas de piel y los cubrió con ellas.

Mucho más tarde, Jacob hi­zo una túnica de variados colores para el uso de José, su hijo bienamado (Gen 37, 3). Y así, los atuendos son citados en tales o cuales circunstancias a lo largo de las Escrituras (Gen 27, 15; 1 Sam 2, 19; etc.).

Sin embargo, hay una túni­ca que ocupa un lugar princeps entre toda vestimenta: la que fue echada a la suerte por los soldados, por tratarse de una pieza de altísimo valor al no tener costura. Una piadosa tradición atribu­ye a las purísimas manos de María el arte empleado en su confección. Cuan­do los verdugos se dieron cuenta de la alta calidad de dicha pieza, tomaron la decisión de no rasgarla.

Así vestía María a su Hijo Jesús des­de su nacimiento, como Madre devota y esmerada. Y quiere revestirnos también a nosotros, sus hijos adoptivos, Aquella que “cubre como la niebla a toda la tie­rra”, puesto que le fuimos entregados en la misma ocasión en que los soldados decidían por suertes la propiedad sobre la túnica de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). ¿Qué ropa Ella nos ofrece?

El Escapulario, una de las vestimentas más eficaces

En 1251, la Virgen Santísima se apareció a san Simón Stock, sexto ge­neral de la Orden del Carmen, entre­gándole un escapulario y prometien­do a todos quienes lo usaran, que se verían libres de la condenación eter­na. Décadas más tarde (1322) el Papa Juan XXII concedió a los carmelitas el privilegio sabatino, esto es, que to­dos los que muriesen usando el esca­pulario se verían libres del fuego del Purgatorio al sábado siguiente de su fallecimiento.

He aquí, pues, una de las vesti­mentas más eficaces, aparte de ser un magnífico símbolo de alianza, protec­ción y salvación.

Papas enaltecen el uso del Escapulario

En 1951, con motivo de la celebra­ción del 700º aniversario de la entre­ga del escapulario, el Papa Pío XII dijo en carta a los Superiores Gene­rales de las dos órdenes carmelita­nas: “Porque el Santo Escapulario, que puede ser llamado Hábito o Traje de María, es un signo y prenda de protec­ción de la Madre de Dios”.

Exactamente 50 años después, el Papa Juan Pablo II afirmó: “El esca­pulario es esencialmente un ‘hábito’. Quien lo recibe es agregado o asocia­do en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmen, dedicada al ser­vicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia. […] Dos verdades evoca el signo del escapulario: por un lado, la continua protección de la Santísima Virgen, no tan sólo a lo largo del cami­no de la vida, sino también al momen­to de pasar a la plenitud de la gloria eterna; por otro, la conciencia de que la devoción a María no puede limitarse a oraciones y tributos en su honor rea­lizados en algunas ocasiones, sino que debe tornarse en ‘hábito’”.

Ambos Pontífices confirman, así, las muestras de aprecio que el esca­pulario ha recibido por parte de va­rios antecesores, tales como Bene­dicto XIII, Clemente VII, Benedicto XIV, León XIII, san Pío X y Benedic­to XV. Benedicto XIII extendió a to­da la Iglesia la celebración de la fies­ta de Nuestra Señora del Carmen el 16 de julio.

Las Promesas del Sagrado Corazón de Jesús

En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas:

* Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.

* Les daré paz a sus familias.

* Las consolaré en todas sus penas.

* Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.

* Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.

* Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.

* Las almas tibias se volverán fervorosas.

* Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.

* Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.

* Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.

* Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.

* Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.

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